Dignidad

Noticia recuperada de ELMUNDO.ES

 

EN estos tiempos extraños, los museos se han convertido (de nuevo) en un campo de batalla político en el que, cada vez más, se ponen en jaque la poca dignidad que le pueda quedar a nuestro maltrecho sistema artístico, como lo demuestra la última injerencia política vivida en el vallisoletano Patio Herreriano de la mano del consistorio, la Secretaría de Estado de Asuntos Exteriores para Iberoamérica y el Caribe y el sombrío Cristóbal Gabarrón, un personaje tan hábil tejedor de alianzas diplomáticas como pésimo artista (el murciano, nulamente representado en ferias, bienales o colecciones museísticas de prestigio, tejió en los noventa una red de contactos aliándose al Olimpismo, lo que le aportó múltiples encargos para la ONU).

De nada ha servido la negativa del profesional que dirige el museo, ni las denuncias de la Unión de Artistas Contemporáneos ni la perplejidad de la Asociación de Directores de Arte Contemporáneo; el kitsch turístico de Gabarrón desplazará al lirismo de Eva Lootz, con la misma impunidad con la que desembarcó, en su día, la muestra sobre Cristóbal Colón que le costó el cargo a Bonet, Marchan y Carmona, asesores del Herreriano.

Un asunto grave que pone en riesgo la credibilidad de nuestras instituciones y pone en cuestión la labor de los profesionales que hemos hecho del arte una manera de entender el mundo.

Aquí en casa siempre hemos sido dados a estas tropelías: hace 20 años Tarancón y Císcar protagonizaron un rocambolesco vodevil (con sacrificio y ramo de flores incluido) plantificando ante los morros del IVAM un Sanleón que acabó desplazando a su entonces director Juan M. Bonet. Y diez años más tarde, el reputado Román de la Calle vivía un espectáculo sangrante en el MUVIM. Ahora, el Ayuntamiento de Alicante se ha empeñado en ser sede permanente de la colección Roberto Polo, un filántropo cubano propietario de un fondo desigual con una escasa relación con la ciudad alicantina.

Basta ya de servilismos; basta de supeditar el compromiso estético y el rigor crítico. La miopía política mata la cultura. Basta de resignarse a una asegurada y cómoda tutela remunerada tan llena de estómagos agradecidos. Y basta de confundir prudencia con silencio temeroso. La libertad (educativa, de expresión, de programación…) son palancas fundamentales de la democracia y, en un mundo donde la cultura se entendiese como un Bildung transformador, retroalimentaría nuestra evolución como humanos. Nuestra inacción es su triunfo, así que basta; ya no sólo por el arte, el rigor investigador o los valores educativos, sino por dignidad.

Silvia Tena es Comisaria de Exposiciones y Jefe del Departamento de Gestión de colecciones del Museo Nacional de Arte de Cataluña.